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Presidente Funes pide perdón en nombre del Estado salvadoreño por crimen de Monseñor Romero

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24 de Marzo de 2010

Hoy, como todos ustedes saben, nos une en este lugar el recuerdo imperecedero de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, guía espiritual de nuestra Nación.

Me conmueve profundamente poder compartir este día con ustedes, porque muchas veces en mi vida pensé que nuestra Patria no alcanzaría nunca la paz si no recuperábamos la memoria de Monseñor Romero.

Lo que jamás había imaginado era que yo mismo sería uno de los protagonistas de esta recuperación, al conducir los destinos del país.

Quisiera decirles, en primer lugar, que este es un día de dolor, sin duda, porque en nuestros corazones está vivo el recuerdo del cruel asesinato de nuestro Obispo Mártir; pero también y fundamentalmente es un día para la celebración de la vida, para la reivindicación de la figura y la obra del hombre más trascendente de nuestra Historia reciente.

Como he dicho en otra oportunidad: no recordamos ni celebramos la muerte de Monseñor Romero. Honramos la vida, su vida, el mayor ejemplo que tenemos las salvadoreñas y salvadoreños.

Hoy, 24 de marzo de 2010, es un día de esperanza para nuestro pueblo y una jornada histórica para la recuperación de nuestra memoria colectiva.

Para contribuir a que así sea, comenzaré por expresar públicamente algo que debió decirse mucho antes, pero que hoy es mi responsabilidad pronunciar.

Una responsabilidad que no me pesa porque sé que alivia a la sociedad, que es un bálsamo para un pueblo cansado de la violencia y que anhela la reconciliación de los espíritus.

Queridos salvadoreños y salvadoreñas,

En nombre del Estado salvadoreño, como Presidente de la República, reconozco que el entonces arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero Galdámez, el 24 de marzo de 1980, fue víctima de la violencia ilegal que perpetró  un escuadrón de la muerte.

Este tipo de grupos armados ilegales ejercieron el terror de manera generalizada entre la población civil durante aquellos años aciagos, dejando tras de sí miles de víctimas.

Dichos escuadrones, lamentablemente, actuaron bajo la cobertura, colaboración, aquiescencia o participación de agentes estatales.

Los integrantes del grupo violento que consumó el asesinato de Monseñor Romero han sido ya identificados por instancias internacionales de investigación, tanto del sistema de Naciones Unidas como del Sistema Interamericano de Derechos Humanos.

Nuestro Gobierno ha aceptado ya la validez jurídica de estos informes ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, por lo que resulta inobjetable nuestro reconocimiento oficial a la verdad en el caso del magnicidio de Monseñor Romero.

En estas circunstancias y en mi calidad de Presidente de la República, pido perdón en nombre del Estado Salvadoreño por ese magnicidio perpetrado hace 30 años.

Pido perdón, en primer lugar, a la familia de Monseñor Romero, a quien hago llegar mis más sinceras condolencias y mi respaldo incondicional en su lucha por el esclarecimiento de la verdad.

Pido perdón al pueblo salvadoreño que fue, es y será la “gran familia” de Monseñor Romero, su heredero, custodio de su prédica y sus enseñanzas.

Pido perdón a la Iglesia Católica, salvadoreña y universal, que tiene en Monseñor Romero a uno de sus más ejemplares pastores.

Pido perdón a las miles de familias que fueron afectadas por este tipo de violencia ilegal inaceptable y en especial a los integrantes de las comunidades religiosas que se ven representadas por el espíritu de Monseñor Romero y mantienen vivo su legado de paz y respeto a los derechos humanos.

Y repito lo que dije el 16 de enero último, al pedir perdón por las aberrantes violaciones de los derechos humanos durante el conflicto armado de parte de agentes del Estado: nos comprometemos a colaborar con la Justicia, tanto nacional como internacional y pondremos todo lo que sea necesario a su disposición para el esclarecimiento de los crímenes investigados.

Queridos Salvadoreños y salvadoreñas,

Nadie como Monseñor Romero supo hablarnos del perdón.

Nadie como él supo decirle a este pueblo lo importante que es el amor al prójimo, el respeto a la dignidad humana y la convivencia pacífica por encima de todo, incluso de la propia vida.

Nadie como él nos enseño el valor de la verdad y de la justicia, que son pilares de la doctrina social de la Iglesia.

Permítanme citarles una de sus homilías, pronunciada el 19 de junio de 1977.

“Yo comprendo –nos decía entonces Monseñor- que es duro perdonar después de tantos atropellos; y sin embargo, esta es la palabra del Evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y persiguen, sed perfectos como vuestro Padre celestial, que hace llover su lluvia e ilumina con su sol a los campos de los buenos y de los malos». Que no haya resentimientos en el corazón”.

Estas fueron sus palabras: “Que no haya resentimientos en el corazón”.

Esas palabras resumen el significado que para mí y mi gobierno tiene este aniversario.

Es mi mayor deseo que este acto de reconocimiento que hoy realizamos, este acto de amor del pueblo salvadoreño al sacerdote que dio su vida por él, sirva para llevar consuelo y confianza en el futuro a todos y cada uno de nuestros ciudadanos y ciudadanas y nos ayude a deshacernos de una vez por todas del resentimiento.

Sigamos las enseñanzas de nuestro guía espiritual, miremos hacia adelante con paz en nuestros corazones, con amor a nuestros hermanos y hermanas. Hagamos, en definitiva, que ese sacrificio de nuestro obispo mártir tenga sentido.

Construyamos a partir de la memoria reparada un país más justo para todos, más feliz para todos. Un país, en definitiva, más cerca de Dios.

Amigos y amigas:

Vamos ahora a inaugurar un mural. Una obra que es una expresión artística, una interpretación de un gran artista plástico salvadoreño de la figura de nuestro Obispo mártir.

La idea de realizar esta obra aquí, puerta de entrada y salida internacional del país, es de mi querida esposa Vanda y tiene la intención de decir a quienes nos visitan que El Salvador honra la memoria de Monseñor Romero.

Que El Salvador transita la senda de la reconciliación. Que El Salvador comparte con la comunidad internacional el respeto irrestricto de los derechos humanos. Que El Salvador ha ingresado al sendero la paz y la concordia y la unidad para no abandonarlo nunca más.

La obra ha sido realizada por Rafael Varela, quien fue secundado por otro artista salvadoreño, Rafael Escamilla.

Ellos trabajaron durante 45 días, con un promedio de 18 a 19 horas diarias. Ha sido un gran esfuerzo que quiero destacar. Aunque para el artista, según ha dicho él mismo: “haber elaborado este mural ha sido una satisfacción enorme, que me permitió conocer más a Monseñor. Fue un honor pintarlo y agradezco a la Presidencia el haberme concedido este privilegio”.

El honor es para la Presidencia, querido amigo Varela, haber contado con su talento para inmortalizar este homenaje.

Soy yo, es mi esposa Vanda, es el gobierno de El Salvador quienes agradecen a usted su grandeza y su humildad y, por supuesto, su obra.

Con este mural, con otras actividades que se vienen realizando desde días anteriores, con un concierto que esta noche se realizará en el Teatro Nacional, celebramos la memoria de Monseñor Romero.

Gracias Rafael Varela, Rafael Escamilla, gracias a quienes organizan todos estos actos, gracias a la Fundación Monseñor Romero, a la Secretaría de Inclusión Social, gracias a todos ustedes por acompañarnos en este día histórico, día de esperanza, como he dicho.

Que Dios los bendiga a todos, que Dios bendiga a El Salvador.